CUANDO SOY DÉBIL, ENTONCES SOY FUERTE


Hoy quisiera compartir una reflexión sobre cómo enfrentamos las adversidades en nuestras vidas. Generalmente, cuando nos encontramos ante tentaciones, desafíos, desilusiones y frustraciones, nuestra tendencia inicial es abordarlos con nuestras propias capacidades y entendimiento. Sin embargo, esta estrategia con frecuencia resulta infructuosa y si somos sinceros, es completamente inútil. Como bien señala Pablo en su carta a los efesios, nuestra contienda no es contra seres humanos que podamos vencer con astucia, Efesios 6:12.

Nuestra verdadera batalla es contra "fuerzas, autoridades y potestades", entidades que escapan a nuestra comprensión terrenal. Estos seres han existido durante siglos, observando a la humanidad, estudiando nuestras flaquezas y conductas.

Una breve lectura de las Escrituras nos revela que, a lo largo del tiempo, nuestra naturaleza no ha cambiado significativamente. Seguimos replicando los patrones de aquel pueblo retratado en el libro de Jueces, atrapados en el ciclo del pecado. Nos asemejamos a David, quien un día alababa a Dios con devoción y al siguiente caía en adulterio y asesinato. Nos parecemos a Jonás, quien intentó escapar de la voluntad de Dios y a sus instrucciones por desagrado. Y, como el pueblo de Israel en el desierto, aunque liberados de la esclavitud, anhelábamos regresar a ella. Estos poderes y autoridades son conscientes de nuestra inmutabilidad, por lo que cada intento de lucha autónoma nos lleva a tropezar repetidamente.

Sin embargo, hay una esperanza: luchar con el inmenso poder del Señor. Como Pablo, podemos proclamar que, cuando soy débil, entonces soy fuerte, porque tu poder (2 Corintios 12:10), Dios, se perfecciona en mi debilidad (2 Corintios 12:9-10). Al reconocer nuestra fragilidad y nuestra imperiosa necesidad de Dios, podemos acudir a Él en busca de fortaleza.

El Espíritu Santo nos fortalece, y al revestirnos con la armadura de Dios mencionada en Efesios 6, podemos mantenernos firmes. No es nuestra fuerza, sino la del Todopoderoso, y por ello podemos afirmar: "si Dios está conmigo, ¿quién contra mí?" (Romanos 8:31).

Entonces, ¿con qué fuerza estás luchando? Hoy te invito a que nos unamos en esta declaración: "cuando soy débil, entonces soy fuerte, porque tu poder, Dios, se perfecciona en mi debilidad" (2 Corintios 12:9-10).

Querido amigo/a, en la aceptación de nuestra debilidad reside la verdadera fortaleza, pues es allí donde el poder de Dios se manifiesta plenamente. Que esta verdad nos inspire a buscar siempre la fuerza divina en nuestro caminar diario.

Queremos orar por vos, si deseas que oremos por alguna petición, escribinos a acepeda@cemuproducciones.com.ar

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Adrian Cepeda
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