En los capítulos anteriores del Evangelio de Mateo, hemos sido testigos del inicio del ministerio de Jesús y de sus enseñanzas fundamentales. En el capítulo 5, Jesús inicia el Sermón del Monte, donde enseña sobre la verdadera justicia y el carácter del reino de Dios. Comienza con las Bienaventuranzas, que describen a quienes son considerados bendecidos en el reino de los cielos, y continúa explicando cómo sus seguidores deben ser la sal de la tierra y la luz del mundo. Jesús aclara que no ha venido a abolir la Ley, sino a cumplirla, y enseña que la verdadera justicia va más allá de las acciones externas, abarcando también las actitudes del corazón (Mateo 5:1-48).
En el capítulo 6, Jesús continúa su enseñanza en el Sermón del Monte, enfocándose en la sinceridad de nuestras acciones y motivaciones. Nos recuerda que Dios se preocupa profundamente por el estado de nuestros corazones, no solo por nuestras acciones externas. Jesús nos advierte que incluso las buenas obras deben ser realizadas con sinceridad para ser verdaderamente justas. Aparentar piedad para recibir la aprobación de los demás no es del agrado de Dios. Jesús ilustra esta enseñanza con varios ejemplos, como la hipocresía al dar a los necesitados, la oración y el ayuno. Nos enseña que nuestra caridad debe ser discreta, de tal manera que nuestra mano izquierda no sepa lo que hace la derecha. La verdadera generosidad busca glorificar a Dios, no al dador, y Dios recompensará a quienes dan con humildad y sinceridad (Mateo 6:1-18).
En el capítulo 7, Jesús concluye el Sermón del Monte con enseñanzas que han tenido un profundo impacto en la cultura occidental. Comienza advirtiéndonos sobre el juicio hacia los demás, una instrucción que a menudo se malinterpreta. Jesús nos llama a no juzgar de manera arrogante e hipócrita, recordándonos que seremos juzgados con la misma medida que usemos para juzgar a los demás. Nos insta a abordar nuestros propios pecados antes de intentar corregir a otros, enfatizando que el objetivo siempre debe ser ayudar, no condenar (Mateo 7:1-5). Jesús también nos advierte que no todas las personas son receptivas a la verdad. Nos aconseja no desperdiciar nuestros esfuerzos en aquellos que son hostiles hacia el mensaje del evangelio, utilizando la metáfora de no echar perlas delante de los cerdos. Esta advertencia nos recuerda que debemos ser sabios en cómo compartimos la verdad, discerniendo cuándo es prudente hacerlo (Mateo 7:6).
Al llegar al capítulo 8 del dia de hoy, vemos que Mateo cambia el enfoque de las enseñanzas de Jesús a sus milagros, demostrando su autoridad sobre las enfermedades, los demonios e incluso la naturaleza. Este capítulo inicia una serie de relatos que destacan el poder de Jesús, agrupando varios milagros que muestran su compasión y autoridad divina.
El primer milagro que encontramos es el de un hombre con una enfermedad de la piel, posiblemente lepra, que se acerca a Jesús con fe y humildad. Este hombre, considerado impuro y excluido de la vida pública, se arrodilla ante Jesús y le pide ser sanado. Jesús, desafiando las normas ceremoniales, toca al hombre y lo sana instantáneamente, demostrando que su poder trasciende las leyes humanas. Jesús le instruye que se presente ante el sacerdote para ser declarado limpio, pero le pide que no divulgue el milagro (Mateo 8:1-4).
Luego, en Cafarnaún, Jesús es abordado por los mensajeros de un centurión romano, cuyo siervo está gravemente enfermo. El centurión, un oficial militar de alto rango, muestra una fe notable al afirmar que Jesús solo necesita decir una palabra para sanar a su siervo. Jesús se maravilla de la fe del centurión, especialmente porque es un gentil, y declara que muchos gentiles compartirán el reino de los cielos con los patriarcas, mientras que algunos israelitas no lo harán. Jesús pronuncia la palabra, y el siervo es sanado al instante (Mateo 8:5-13).
Jesús continúa su ministerio de sanación en la casa de Pedro, donde cura a la suegra de Pedro de una fiebre. Al atardecer, muchas personas enfermas y poseídas por demonios son llevadas a Jesús, quien las sana y libera, cumpliendo así la profecía de Isaías sobre el Mesías que llevaría nuestras enfermedades (Mateo 8:14-17).
A medida que Jesús se prepara para cruzar el Mar de Galilea, dos hombres expresan su deseo de seguirlo. El primero, un escriba, es advertido por Jesús de que seguirlo no traerá comodidad ni prestigio. El segundo hombre desea esperar hasta que su padre muera antes de seguir a Jesús, pero Jesús le insta a no retrasar su decisión, enfatizando la urgencia de su llamado (Mateo 8:18-22).
Jesús y sus discípulos abordan una barca para cruzar el mar, pero una tormenta repentina amenaza con hundirla. Mientras Jesús duerme, los discípulos, aterrados, lo despiertan pidiendo ayuda. Jesús reprende su falta de fe y calma la tormenta con una orden, dejando a los discípulos asombrados por su autoridad sobre la naturaleza (Mateo 8:23-27).
Al llegar al otro lado del lago, Jesús se encuentra con dos hombres poseídos por demonios. Los demonios reconocen a Jesús como el Hijo de Dios y le suplican que los envíe a una manada de cerdos. Jesús accede, y los demonios entran en los cerdos, que se precipitan al mar y se ahogan. Los habitantes de la región, atemorizados por el poder de Jesús, le piden que se marche (Mateo 8:28-34).
Nos damos cuenta de la autoridad y compasión de Jesús, quien no solo sana enfermedades físicas, sino que también libera a las personas de la opresión espiritual.
Que este capítulo nos inspire a confiar en el poder de Jesús en nuestras vidas, sabiendo que Él tiene el control sobre todas las circunstancias.
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