MATEO | CAPÍTULO 26


Anteriormente, Jesús ha estado enseñando a sus discípulos sobre los eventos futuros y la importancia de estar preparados para su regreso. En el capítulo 24, Jesús ofrece un discurso apocalíptico en el Monte de los Olivos, describiendo las señales del fin de los tiempos y exhortando a sus seguidores a mantenerse vigilantes (Mateo 24:1-51). Luego, en el capítulo 25, Jesús utiliza parábolas para ilustrar la necesidad de estar preparados y ser fieles administradores de los dones que Dios nos ha confiado (Mateo 25:1-46). 

Hoy, en el capítulo 26, vemos la narrativa de la conspiración para Matar a Jesús, donde vemos que Jesús concluye su enseñanza a los discípulos anunciando que será entregado para ser crucificado durante la Pascua, un evento que se aproxima en dos días (Mateo 26:1-2). Mientras tanto, los principales sacerdotes y ancianos se reúnen en la casa del sumo sacerdote, Caifás, para conspirar sobre cómo arrestar y matar a Jesús de manera discreta, evitando un alboroto entre el pueblo (Mateo 26:3-5).

Vemos la tensión entre el plan divino de redención y la malicia humana. Jesús, consciente de su destino, se prepara para cumplir su misión redentora, mientras que los líderes religiosos, cegados por el odio y el miedo a perder su poder, traman su muerte. Ahora, entendamos que, la Pascua, una celebración de liberación, se convierte en el contexto para el sacrificio supremo de Cristo, el Cordero de Dios. Este contraste nos invita a reflexionar sobre la soberanía de Dios en medio de la oposición humana.

A partir del versículo 6, Jesús y sus discípulos se encuentran en Betania, en la casa de Simón el leproso. Durante la cena, una mujer, identificada en otros evangelios como María, hermana de Lázaro, unge la cabeza de Jesús con un costoso perfume de alabastro (Mateo 26:6-7). Los discípulos, especialmente Judas, critican este acto como un desperdicio, sugiriendo que el perfume podría haberse vendido para ayudar a los pobres (Mateo 26:8-9), comentario que posteriormente, Jesús defiende a la mujer, afirmando que ha hecho una buena obra al prepararlo para su sepultura, y declara que su acto será recordado dondequiera que se predique el evangelio (Mateo 26:10-13).

La unción de Jesús en Betania es un acto de devoción y amor que anticipa su muerte y sepultura. La crítica de los discípulos refleja una falta de comprensión del significado espiritual del acto. Por sun parte, Jesús reconoce la importancia de la adoración sincera y el sacrificio personal, destacando que el amor y la devoción hacia él son de mayor valor que las preocupaciones materiales y esto debemos de aprender, consideremos cómo valoramos nuestra relación con Cristo y a priorizamos nuestra adoración y servicio a él.

Después de la unción en Betania, Judas Iscariote, uno de los doce discípulos, busca a los principales sacerdotes y ofrece entregarles a Jesús a cambio de treinta piezas de plata (Mateo 26:14-15). A partir de ese momento, Judas busca una oportunidad para traicionar a Jesús en secreto (Mateo 26:16).

La traición de Judas es un acto de profunda traición y codicia. Las treinta piezas de plata, el precio de un esclavo según la ley mosaica (Éxodo 21:32), solo refleja la indignidad de la transacción, resaltando  la realidad del pecado y la traición incluso entre los seguidores más cercanos de Jesús y esto nos recuerda la necesidad de examinar nuestros corazones y motivaciones, y de permanecer fieles a Cristo en todas las circunstancias.

Luego de esto, este capitulo nos lleva a la Ultima Cena, donde Jesús celebra la Pascua con sus discípulos en un aposento alto en Jerusalén. Durante la cena, Jesús revela que uno de ellos lo traicionará, causando gran consternación entre los discípulos (Mateo 26:17-22). Jesús identifica a Judas como el traidor, aunque los demás no comprenden completamente el significado de sus palabras (Mateo 26:23-25).

Durante la cena, Jesús instituye la Eucaristía, tomando pan y vino como símbolos de su cuerpo y sangre, que serán entregados por el perdón de los pecados (Mateo 26:26-28). En ese mismo momento, Jesús declara que no volverá a beber del fruto de la vid hasta que lo haga nuevo con ellos en el reino de su Padre (Mateo 26:29).

La Última Cena es un momento de profunda significación teológica, marcando la institución del Nuevo Pacto en la sangre de Cristo. El pan y el vino se convierten en símbolos de la presencia continua de Jesús con sus seguidores y de su sacrificio redentor. Este acto de comunión anticipa la muerte de Jesús y su resurrección, y establece un modelo de adoración y recuerdo para la iglesia. Nos invita a participar en la Eucaristía con reverencia y gratitud, recordando el amor sacrificial de Cristo.

Después de la cena, Jesús y sus discípulos cantan un himno y se dirigen al Monte de los Olivos. Jesús les advierte que todos lo abandonarán esa noche, cumpliendo la profecía de Zacarías 13:7: "Heriré al pastor, y las ovejas del rebaño serán dispersadas" (Mateo 26:31). 

Pedro, con confianza en su lealtad, declara que nunca negará a Jesús, incluso si debe morir con él (Mateo 26:33). Jesús predice que Pedro lo negará tres veces antes de que el gallo cante (Mateo 26:34-35).

Analicemos, la predicción de la negación de Pedro resalta la fragilidad humana y la necesidad de la gracia de Dios. A pesar de su fervorosa declaración de lealtad, Pedro sucumbirá al miedo y la presión. Estos versículos nos recuerdan que, aunque nuestras intenciones sean buenas, dependemos de la fortaleza de Dios para permanecer fieles. Nos anima a buscar la humildad y la dependencia en Cristo, reconociendo nuestras debilidades y confiando en su poder para sostenernos.

Luego de esto, Jesús lleva a sus discípulos a un jardín llamado Getsemaní, donde se retira a orar. Lleva consigo a Pedro, Jacobo y Juan, y les pide que velen con él mientras ora (Mateo 26:36-38). Jesús, angustiado por lo que está por venir, ora al Padre, pidiendo que, si es posible, pase de él la copa de sufrimiento, pero se somete a la voluntad de Dios (Mateo 26:39). Tres veces regresa a sus discípulos y los encuentra dormidos, incapaces de velar con él (Mateo 26:40-45). Finalmente, Jesús los despierta y les dice que ha llegado la hora de su traición (Mateo 26:46).

Teológicamente, la oración en Getsemaní revela la humanidad de Jesús y su total sumisión a la voluntad del Padre. Su angustia y súplica reflejan la gravedad de su misión redentora y el peso del pecado que está a punto de cargar, mientras que la incapacidad de los discípulos para velar con él solo nos muestra y confirma, la debilidad humana y la necesidad de la vigilancia espiritual. Busquemos la fortaleza en la oración y a sometámonos a la voluntad de Dios, incluso en momentos de gran prueba.

Mientras Jesús aún habla, Judas llega con una multitud armada enviada por los principales sacerdotes y ancianos. Judas identifica a Jesús con un beso, un acto de traición profundamente irónico (Mateo 26:47-49). Jesús se dirige a Judas como "amigo" y se entrega voluntariamente a sus captores (Mateo 26:50).

Pedro, en un intento de defender a Jesús, saca una espada y corta la oreja de un siervo del sumo sacerdote (Mateo 26:51). Jesús reprende a Pedro, recordándole que podría pedir legiones de ángeles para defenderse, pero que debe cumplir las Escrituras (Mateo 26:52-54). Los discípulos, aterrados, huyen, dejando a Jesús solo (Mateo 26:55-56).

El arresto de Jesús es un momento de traición y abandono, pero también de cumplimiento profético. Jesús se entrega voluntariamente, demostrando su obediencia al plan redentor de Dios. La reacción impulsiva de Pedro contrasta con la calma y el propósito de Jesús, quien entiende que su sufrimiento es necesario para la salvación del mundo. 

Jesús es llevado ante el sumo sacerdote Caifás y el Sanedrín, donde se presentan testigos falsos para acusarlo (Mateo 26:57-60). A pesar de las acusaciones, Jesús permanece en silencio hasta que el sumo sacerdote le pregunta directamente si es el Mesías, el Hijo de Dios (Mateo 26:63). Jesús responde afirmativamente, citando las Escrituras que afirman su divinidad (Mateo 26:64). El sumo sacerdote rasga sus vestiduras y acusa a Jesús de blasfemia, condenándolo a muerte (Mateo 26:65-66). Jesús es escupido, golpeado y burlado por los presentes (Mateo 26:67-68).

El juicio ante el Sanedrín es un proceso injusto y lleno de falsedades, pero también es un cumplimiento de las profecías sobre el sufrimiento del Mesías. La afirmación de Jesús de su identidad divina es un testimonio de su misión y propósito que, a pesar de la injusticia y el abuso, Jesús permanece firme en su identidad y llamado. 

La verdad de Cristo prevalece sobre la injusticia humana y nos anima a mantenernos firmes en nuestra fe, incluso en medio de la persecución.

Mientras Jesús es juzgado, Pedro espera en el patio del sumo sacerdote. Es reconocido por varias personas como uno de los seguidores de Jesús, pero niega conocerlo tres veces, cumpliendo la predicción de Jesús (Mateo 26:69-74). Al escuchar el canto del gallo, Pedro recuerda las palabras de Jesús y llora amargamente (Mateo 26:75).

La negación de Pedro es un momento de debilidad y fracaso humano, pero también de arrepentimiento y eventual restauración. A pesar de su negación, Pedro será perdonado y restaurado por Jesús después de la resurrección. 

Aunque podemos fallar, la gracia de Dios es suficiente para restaurarnos y fortalecernos. Nos anima a buscar el perdón y la reconciliación con Dios, confiando en su amor y misericordia.

El capítulo 26 de Mateo nos ofrece una narrativa rica y profunda de los eventos que conducen a la crucifixión de Jesús. A través de la traición, el juicio y la negación, vemos la humanidad de Jesús y su total entrega al plan redentor de Dios. Estas enseñanzas nos inspiran a vivir con propósito y dedicación, sabiendo que nuestras acciones tienen un impacto eterno. Que nuestras vidas sean un reflejo del amor y la gracia de Dios, y que estemos siempre listos para encontrarnos con nuestro Señor.

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