“Se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón mientras conversaba con nosotros en el camino y nos explicaba las Escrituras?” Lucas 24:32 NVI
En Lucas 24:32, nos encontramos con un episodio conmovedor después de la resurrección de Jesús, conocido como "el camino a Emaús". En este versículo, se describe el momento en que dos discípulos, después de haber caminado y hablado con Jesús sin reconocerlo, reflexionan sobre su experiencia diciendo: “¿Acaso no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?” Este pasaje revela cómo la presencia de Jesús y sus enseñanzas pueden encender un fervor y un entendimiento profundo en nuestros corazones, incluso cuando inicialmente no lo reconocemos en nuestras vidas.
Hoy, quiero plantearnos una pregunta crucial: ¿cuándo fue la última vez que sentimos que nuestro corazón ardía por estar en comunión con Jesús? ¿Cuándo nos habló de manera tan poderosa a través de su palabra que sentimos su presencia de manera inconfundible? Estos son momentos preciosos, cuando experimentamos la certeza de que Dios nos está hablando directamente, provocando lágrimas de gozo porque reconocemos a Jesús comunicándose con nosotros.
Quiero compartir con nosotros una de mis historias predilectas sobre estos encuentros con Jesús, narrada en Lucas 24. Tras la crucifixión de Jesús, sus discípulos se encontraban abatidos y confusos. En el día de su resurrección, dos de ellos se dirigían de Jerusalén a Emaús, discutiendo los acontecimientos recientes, probablemente con el corazón afligido.
Esta imagen es particularmente significativa, ya que nos muestra que Jesús siempre camina a nuestro lado y nos encuentra en nuestra situación actual. Sorprendentemente, estos discípulos no lo reconocieron de inmediato. Sin embargo, Jesús no se ofende por su falta de reconocimiento, sino que continúa su camino con ellos hacia Emaús, compartiendo el evangelio a través de las Escrituras. Cuando parecía que iba a seguir adelante, ellos le imploran que se quede. Jesús acepta, entra en su hogar y comparte una cena con ellos, un acto que simboliza intimidad y cercanía.
Es en este momento de intimidad, al partir el pan, cuando finalmente lo reconocen. Al igual que con ellos, Jesús se acerca a nosotros y camina con nosotros. Pero depende de nosotros invitarlo a quedarse, a compartir la mesa con nosotros. Para ver a Jesús en nuestras vidas, debemos entablar una relación personal, íntima y amorosa con Él, y los resultados son maravillosos.
Tras reconocerlo, Jesús desaparece, pero los discípulos se percatan del cambio en sus corazones, diciendo: “¿Acaso no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lucas 24:32). Esta experiencia refleja el impacto transformador que tiene el encuentro con Jesús en nuestro interior.
Quisiera preguntarte nuevamente, ¿cuándo fue la última vez que tu corazón ardía por pasar tiempo con Jesús? Personalmente, atesoro cada uno de esos momentos en su presencia, donde mis lágrimas brotan de amor y gratitud por su presencia en mi vida. Hoy quiero invitarte a tener este tipo de encuentro con Jesús.
Recordemos la importancia de buscar una relación cercana y significativa con Jesús. Abramos nuestros corazones a la verdad de Jesús, para que podamos experimentar la transformación de su presencia en nuestras vidas. Que nuestros corazones ardan con amor y devoción, reconociendo su obra en nosotros.
Si sientes el deseo de acercarte más a Jesús y experimentar su presencia de manera más profunda, te invito a compartir tu petición de oración con nosotros. Creemos en el poder de la oración y en la capacidad de Jesús para encender nuestros corazones. Permítenos acompañarte en este viaje espiritual y elevar tus necesidades ante el trono de la gracia. ¡Déjanos saber cómo podemos orar por vos!
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