“Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.” Mateo 6:12 RVA
Jesús nos introduce el día de hoy, a una de las peticiones más desafiantes del Padre Nuestro: "Perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden”, la versionando que vimos al inicio dice “deudores”. Esta frase no solo nos llama a buscar el perdón de Dios, sino que también nos invita a extender ese mismo perdón a los demás. El perdón no es solo un acto de gracia de Dios hacia nosotros, sino también una responsabilidad que debemos asumir en nuestras relaciones con los demás.
El perdón es un tema que puede tocar las fibras más sensibles de nuestro corazón, especialmente si hemos experimentado heridas profundas, traiciones o injusticias. Sin embargo, Jesús nos llama a renunciar al deseo de venganza y a confiar en su justicia. Este acto de soltar el rencor no es una señal de debilidad, sino de fortaleza espiritual, porque nos libera del peso del resentimiento y nos permite vivir en paz.
Una frase que escuché hace tiempo ilustra esta verdad de manera poderosa: "Guardar rencor es como beber veneno y esperar que la otra persona muera". El resentimiento no solo afecta nuestra relación con los demás, sino también nuestra relación con Dios y nuestra propia salud emocional. Jesús, al incluir esta petición en el Padre Nuestro, nos muestra que el perdón es esencial para nuestra vida espiritual y emocional.
El perdón, sin embargo, no es algo que podamos lograr por nuestra propia fuerza. Solo cuando reconocemos la magnitud del perdón que hemos recibido de Dios, podemos encontrar la capacidad de perdonar a otros. Cuando reflexionamos sobre cuánto nos ha perdonado Dios, nos damos cuenta de que no tenemos derecho a retener el perdón hacia quienes nos han ofendido. Es un acto de gracia que fluye de haber experimentado primero la misericordia de Dios.
Algo que me ayudo mucho en mi adolescencia a perdonar a ciertas personas fue una frase muy real de Charles Spurgeon, “Dios nunca escuchará la oración en la que tu pides perdón, mientras tu no perdones a otros.
El ejemplo de Jesús en la cruz es el mayor testimonio de este tipo de perdón. A pesar de ser inocente, oró por quienes lo crucificaron, diciendo: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). Este acto de amor nos muestra que el perdón no depende de si la otra persona lo merece, sino de nuestra disposición a confiar en la justicia y el propósito de Dios.
Perdonar no significa justificar el daño ni olvidar lo ocurrido, sino liberar nuestro corazón de la carga del rencor y permitir que Dios sane nuestras heridas. Es un proceso que requiere tiempo, oración y la ayuda del Espíritu Santo. Pero cuando damos este paso, experimentamos una libertad que solo el perdón puede traer.
Hoy, te animo a dar el primer paso hacia el perdón. Reconoce cuánto te ha perdonado Dios y permite que esa gracia te impulse a soltar el rencor y confiar en su justicia. Al hacerlo, no solo liberarás a quienes te han herido, sino que también experimentarás una paz que transformará tu vida.
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Adrian Cepeda
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