“Cuando Jesús lo oyó, dijo: «Esta enfermedad no es de muerte, sino que es para la gloria de Dios y para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»” Juan 11:4 RVC
El capítulo 11 del Evangelio según Juan relata uno de los momentos más conmovedores del ministerio de Jesús: la resurrección de Lázaro. En el versículo 4, al recibir la noticia de que su amigo estaba gravemente enfermo y esta afirmación de Jesús, revela una perspectiva divina muy interesante, lo que parece una tragedia inminente es, en realidad, una oportunidad para que la gloria de Dios se manifieste.
Este pasaje nos enseña que el tiempo de Dios no siempre coincide con el nuestro, pero siempre cumple un propósito eterno. Jesús no actúa por urgencia humana, sino por dirección celestial.
En la vida, todos enfrentamos momentos en los que sentimos que Dios ha llegado tarde. Oramos, esperamos, y cuando finalmente parece que algo sucede, ya es “demasiado tarde”. Así se sintieron Marta y María cuando su hermano Lázaro murió. Ellas habían enviado un mensaje a Jesús con tiempo, confiando en que Él vendría a sanar. Pero Jesús se demoró aparentemente, y cuando llegó, ya habían pasado cuatro días desde el fallecimiento.
¿Te ha pasado algo similar? ¿Has sentido que tus oraciones no fueron respondidas a tiempo? ¿Has pensado: “Señor, si hubieras llegado antes…”?
En medio de ese dolor, Jesús pronuncia una frase que transforma la escena: “Yo soy la resurrección y la vida.” Con estas palabras, Jesús no solo consuela, sino que redefine la situación. Él no llegó tarde, sino que Él llegó en el momento exacto para revelar algo más profundo: que Él tiene autoridad sobre la vida y la muerte.
La historia de Lázaro no es solo un milagro físico, es una declaración espiritual que nos enseña que nada está perdido cuando Jesús está presente. Aun cuando todo parece terminado, Él puede traer vida donde solo hay ruina. Su poder no tiene límites, y su amor no se retrasa.
Si sientes que Dios ha tardado en responder, recuerda que su aparente demora puede ser el escenario perfecto para mostrar su gloria. Él no ignora tu dolor, pero su propósito va más allá de lo que puedes ver.
Dios nunca llega tarde, no olvides que su tiempo es perfecto, y su poder es mayor que cualquier circunstancia. Confía en que, aunque no entiendas el proceso, Él está obrando para tu bien y para su gloria.
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Adrian Cepeda
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