“Tu bondad y tu amor me acompañan a lo largo de mis días, y en tu casa, oh Señor, por siempre viviré.” Salmos 23:6 DHH
El Salmo 23, atribuido al rey David, es una de las composiciones más conocidas y reconfortantes de toda la Escritura. En su versículo final, David hace una declaración con convicción y este declaración no es una expresión de optimismo superficial, sino una afirmación teológica profunda que dice que el favor de Dios no es circunstancial, sino constante.
En el hebreo original, el verbo traducido como “seguir” implica una acción persistente, casi como una persecución. Es decir, la bondad de Dios no camina detrás de nosotros pasivamente, sino que nos persigue activamente con intención redentora.
Eso me recuerda al nacimiento de Jesus, imagina a una pareja joven, exhausta por un largo viaje, sin recursos ni certezas, donde José y María, en su trayecto hacia Belén, no solo enfrentaron incomodidades físicas, sino también el peso emocional de la incertidumbre. Sin alojamiento, sin comodidades, y con un parto inminente, todo parecía indicar que Dios los había dejado solos. Pero en medio de esa noche oscura, la presencia de Dios no se había retirado, estaba allí, silenciosa pero activa, preparando el escenario para el nacimiento más importante de la historia.
Así también sucede con nosotros. Hay momentos en los que sentimos que todo lo que sostenía nuestra estabilidad se ha desmoronado. Pérdidas, decepciones, caminos cerrados y en medio de esa oscuridad, es fácil pensar que Dios se ha alejado. Sin embargo, el salmista nos recuerda que la bondad y la compasión de Dios no nos abandonan, sino que nos siguen con fidelidad.
No se trata de una promesa de ausencia de dolor, sino de una certeza: en cada paso, incluso en los más difíciles, Dios está obrando a nuestro favor, y su bondad no es ocasional, sino constante. Su misericordia no depende de nuestro desempeño, sino de su carácter inmutable.
Cuando todo parece perdido, cuando el camino se vuelve incierto, recuerda que no caminas solo, sino que la bondad de Dios te persigue, no para juzgarte, sino para levantarte. Su misericordia no se agota; te alcanza cada día con nuevas fuerzas.
Aunque no veas salida, aunque sintás que todo se ha desmoronado, confía: la bondad de Dios no se ha detenido, te sigue, te alcanza y te sostiene, incluso en los días más oscuros.
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Adrian Cepeda
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