Todos Somos Necesarios


Nadie crece solo en el Reino de Dios. La gracia también se manifiesta a través de aquellos que Dios pone a nuestro lado.

"El ojo no puede decirle a la mano: 'No te necesito'; ni tampoco la cabeza puede decirles a los pies: 'No los necesito'." (1 Corintios 12:21)

Por todos lados vemos una cultura que exalta la autosuficiencia. Se nos enseña que cuanto menos dependamos de otros, más fuertes seremos, pero, el evangelio nos conduce por un camino completamente distinto. En el Reino de Dios, la verdadera madurez espiritual no consiste en caminar solos, sino en reconocer con humildad que necesitamos a Cristo y también a los hermanos que Él ha unido a nuestra vida.

Cuando Pablo escribió a la iglesia de Corinto, enfrentó una congregación marcada por divisiones, orgullo y competencia entre los creyentes y algunos consideraban que ciertos dones espirituales eran más importantes que otros y comenzaban a menospreciar a quienes servían de maneras menos visibles y frente a esa realidad, el apóstol utiliza una imagen haciendo referencia a la Iglesia es un cuerpo. Cristo es la cabeza, y cada creyente es un miembro colocado soberanamente por Dios en el lugar que Él quiso (1 Corintios 12:18). Ninguna función es insignificante y ningún creyente es reemplazable dentro del propósito de Dios.

Este pasaje nos recuerda que no todos hacemos lo mismo, pero todos somos necesarios. Aquellos servicios que muchas veces pasan desapercibidos delante de las personas son plenamente conocidos por el Señor. La fidelidad, la oración, una palabra de ánimo, una visita, una mano dispuesta para servir, hermanos, todo forma parte de la obra que Dios está edificando en su Iglesia.

Nosotros también necesitamos examinar nuestro corazón. El orgullo nos lleva a creer que podemos caminar solos o que nuestro servicio vale más que el de otros. La humildad, en cambio, nos permite reconocer que cada hermano es una expresión de la gracia de Dios para nuestra vida y cuando comprendemos esto, dejamos de competir y comenzamos a servir, dejamos de compararnos y empezamos a edificar, dejamos de buscar reconocimiento y aprendemos a glorificar únicamente a Cristo, quien sostiene y da vida a todo su cuerpo.

La Iglesia no crece por el brillo de unos pocos, sino por la fidelidad de muchos creyentes que, movidos por el Espíritu Santo, sirven con amor para la gloria de Dios.

Hoy tomémonos un momento para agradecer a Dios por aquellas personas que, muchas veces en silencio, han fortalecido nuestra fe, y si aún no estamos sirviendo a otros, pidámosle al Señor que nos muestre dónde podemos ser útiles para edificar su Iglesia.

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