"Por la fe cayeron los muros de Jericó, después de ser rodeados por siete días." Hebreos 11:30 NBLA
Hebreos 11 es conocido como el gran capítulo de la fe, allí encontramos hombres y mujeres que no fueron reconocidos por su perfección, sino por confiar en Dios aun cuando las circunstancias parecían contradecir sus promesas. Entre esos ejemplos aparece la caída de Jericó, un acontecimiento que humanamente resultaba imposible.
Cuando Israel llegó frente a aquella ciudad fortificada, no recibió una estrategia militar convencional, al contrario, Dios ordenó algo que parecía ilógico para la mente humana, la de rodear la ciudad durante siete días. La victoria no vendría por la fuerza del ejército, la inteligencia de sus líderes o la capacidad de sus armas, la victoria vendría por la obediencia de la fe y eso es precisamente lo que Hebreos destaca en sus escritos. Los muros no cayeron por el poder del hombre, cayeron porque Dios actuó en favor de un pueblo que creyó en su Palabra.
Nosotros también enfrentamos nuestros propios Jericós. Algunas veces toman la forma de preocupaciones familiares, luchas espirituales, incertidumbre económica, decisiones complejas o situaciones que parecen no tener salida y frente a ellas, nuestra tendencia natural es confiar en nuestras fuerzas, buscar soluciones inmediatas o dejarnos dominar por el temor, sin embargo, la Escritura nos recuerda que el centro de la fe no es la magnitud de nuestra confianza, sino la grandeza del Dios en quien confiamos.
Jesús declaró en Mateo 17:20 que una fe tan pequeña como un grano de mostaza puede mover montañas, y esto no es porque exista algún poder especial en la fe misma, sino porque esa fe descansa en un Dios todopoderoso. La verdadera fe siempre dirige nuestra mirada hacia el carácter, la soberanía y las promesas del Señor.
David también comprendió esta realidad. Rodeado de enemigos, perseguido y amenazado, pudo decir: "Mas tú, Jehová, eres escudo alrededor de mí" (Salmo 3:3). Su confianza no estaba en las circunstancias favorables, sino en la presencia constante de Dios.
Como creyentes y seguidores de Cristo, nosotros servimos al Rey del universo. El mismo Dios que abrió el Mar Rojo, derribó los muros de Jericó, cerró la boca de los leones y sostuvo a David en medio de sus batallas sigue gobernando sobre todas las cosas. Ninguna situación escapa a su control y ningún desafío es demasiado grande para su poder.
Esto no significa que Dios siempre responderá exactamente como esperamos. Amados hermanos, la fe bíblica no consiste en exigir resultados, sino en confiar plenamente en la voluntad perfecta del Señor. Sabemos que Él obra para su gloria y para el bien de aquellos que le pertenecen.
Quizás hoy haya un muro delante de nosotros que parece imposible de derribar, o tal vez llevamos tiempo orando, esperando y luchando. No olvidemos que Dios sigue obrando incluso cuando no vemos resultados inmediatos. Nuestra responsabilidad es perseverar en la obediencia, su responsabilidad es cumplir sus propósitos perfectos.
La fe continúa caminando alrededor de Jericó aun cuando los muros todavía permanecen en pie, porque sabe que la última palabra siempre pertenece a Dios.
No midamos nuestras posibilidades por el tamaño del problema, midámoslas por la grandeza del Dios que prometió estar con nosotros.
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