Nada cambia mientras sigamos abrazando aquello que Dios ya nos llamó a dejar atrás. "Desháganse de su vieja naturaleza pecaminosa y de su antigua manera de vivir, que está corrompida por la sensualidad y el engaño. En cambio, dejen que el Espíritu les renueve los pensamientos y las actitudes. Pónganse la nueva naturaleza, creada para ser a la semejanza de Dios, quien es verdaderamente justo y santo." Efesios 4:22-24 (NTV)
Muchas veces esperamos que Dios transforme nuestra vida de manera instantánea, mientras seguimos aferrados a hábitos, pensamientos y decisiones que Él ya nos mostró que debemos abandonar, sin embargo, el apóstol Pablo escribe esta carta a creyentes que ya habían sido salvados por gracia (Efesios 2:8-9). No les está enseñando cómo obtener la salvación, sino cómo debe vivir quien ya fue alcanzado por Cristo.
En este pasaje encontramos un llamado claro a la santificación. Pablo presenta tres acciones inseparables: despojarnos del viejo hombre, ser renovados en nuestra mente por la obra continua del Espíritu Santo y vestirnos del nuevo hombre, creado conforme al carácter de Dios. No se trata de un cambio producido por la fuerza de voluntad ni por esfuerzos humanos aislados, sino que la transformación verdadera nace de un corazón rendido al Señor y de la poderosa obra del Espíritu Santo, quien produce en nosotros tanto el querer como el hacer, conforme a la voluntad de Dios (Filipenses 2:13).
Muchas veces queremos resultados diferentes sin tomar decisiones diferentes, pero Dios, en su amor, no solamente nos muestra aquello que debe morir, sino que también nos da el poder para caminar en obediencia. La gracia que nos salva es la misma gracia que nos transforma día tras día, cada decisión de obedecer, aunque parezca pequeña, es una evidencia de que Cristo está obrando en nosotros.
Hoy quizás el Señor nos está invitando a soltar aquello que venimos justificando desde hace tiempo, tal vez sea una actitud, un pecado oculto, un resentimiento, un orgullo o una forma de pensar que ya no refleja a Cristo, no caminamos solos. El mismo Dios que comenzó la buena obra en nosotros promete perfeccionarla hasta el día de Jesucristo (Filipenses 1:6) y cuando respondemos en obediencia, descubrimos que su poder siempre fue mayor que nuestra debilidad.
No esperemos sentirnos fuertes para obedecer, obedezcamos confiando en que Dios fortalecerá cada paso que demos en dependencia de Él.
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