Nunca Nos Ha Abandonado


«Fui joven, y ya soy viejo, pero nunca he visto al justo abandonado, ni a sus hijos mendigando pan.»
Salmo 37:25
Hay una paz que el dinero no puede comprar, las circunstancias no pueden garantizar y el mundo jamás podrá ofrecer y esa paz nace cuando dejamos de depender de nuestras propias fuerzas y aprendemos a descansar en el cuidado fiel de nuestro Padre celestial.

El Salmo 37 fue escrito por David en la madurez de su vida. Después de décadas contemplando la fidelidad de Dios, pudo afirmar con convicción que el Señor jamás abandona a quienes le pertenecen. El propósito del salmo no es prometer una vida libre de necesidades o dificultades, sino recordarnos que Dios nunca deja desamparados a los suyos y mientras el impío confía en sus riquezas, el creyente aprende a descansar en el carácter inmutable de Dios.

Esa misma verdad resuena cuando David declara: «El Señor es mi pastor; nada me faltará» (Salmo 23:1) y eso no significa que siempre tendremos todo lo que deseamos, sino que nunca nos faltará aquello que Dios, en su perfecta sabiduría, sabe que verdaderamente necesitamos para cumplir sus propósitos.

Jesús reafirmó esta enseñanza durante el Sermón del Monte. Al señalar las aves del cielo y los lirios del campo, nos enseñó que el Padre conoce cada una de nuestras necesidades antes de que las expresemos, por eso nos llama a buscar primeramente su reino y su justicia, confiando en que Él proveerá todo lo necesario en el tiempo y de la manera que considere mejor (Mateo 6:25-33).

Nosotros vivimos rodeados de una cultura que mide el éxito por la acumulación, la seguridad económica y el reconocimiento personal, sin embargo, el evangelio redefine nuestras prioridades. La mayor riqueza del creyente no consiste en cuánto posee, sino en a quién pertenece. Nuestra verdadera seguridad descansa en Cristo, quien no solo prometió suplir nuestras necesidades, sino también permanecer con nosotros todos los días hasta el fin.

Tal vez hoy enfrentemos incertidumbre económica, preocupaciones familiares o preguntas sobre el futuro y aun así, podemos caminar con esperanza porque el Dios que sostuvo a su pueblo en el desierto, alimentó a Elías junto al arroyo y cuidó de David durante toda su vida sigue siendo el mismo. Él nunca cambia, nunca llega tarde y jamás deja de ser fiel.

No permitamos que nuestras preocupaciones sean más grandes que nuestra confianza en Dios. Antes de mirar nuestras circunstancias, volvamos nuestros ojos al carácter fiel de nuestro Padre celestial.

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La paz comienza cuando aprendemos a confiar en Dios
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