La Alegría de Servir


«En todo les he mostrado que, trabajando así, se debe ayudar a los necesitados, recordando las palabras del Señor Jesús: “Hay más dicha en dar que en recibir”.» Hechos 20:35 (NVI)
La verdadera alegría no nace cuando acumulamos más para nosotros, sino cuando nuestra vida comienza a convertirse en una bendición para los demás. El Reino de Dios nos enseña que el gozo más profundo no se encuentra en recibir constantemente, sino en reflejar el corazón generoso de Cristo.

Estas palabras fueron pronunciadas por el apóstol Pablo durante su emotiva despedida de los ancianos de la iglesia de Éfeso. Después de recordarles cómo había servido al Señor con humildad, sacrificio y perseverancia, les dejó una enseñanza que resume el carácter del discípulo de Cristo: vivir para servir

Pablo cita una declaración de Jesús que los Evangelios no registran, pero que expresa perfectamente el corazón del Salvador: «Hay más dicha en dar que en recibir».

El servicio cristiano nunca es simplemente hacer cosas para Dios, sino que es la respuesta natural de un corazón que primero fue alcanzado por la gracia. Nosotros servimos porque Cristo nos sirvió primero, Él, siendo el Rey de gloria, tomó forma de siervo, lavó los pies de sus discípulos y finalmente entregó su propia vida en la cruz para rescatar a pecadores como nosotros y ese es el modelo que transforma nuestra manera de vivir.

Cuando comprendemos el evangelio, dejamos de preguntarnos qué puede hacer la iglesia por nosotros y comenzamos a preguntarnos cómo podemos glorificar a Cristo sirviendo a quienes Él pone en nuestro camino. Muchas veces ese servicio ocurre en los lugares más sencillos, lejos de los aplausos y del reconocimiento humano, sin embargo, Dios ve cada acto de amor realizado con un corazón sincero.

Paradójicamente, mientras buscamos aliviar la carga de otros, el Señor fortalece nuestro propio corazón. El servicio nos libra del egoísmo, orienta nuestra mirada hacia el prójimo y nos recuerda que nuestra identidad no está en ser servidos, sino en pertenecer a Aquel que «no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos» (Marcos 10:45).

La alegría duradera no se compra, no se fabrica ni depende de las circunstancias, es el fruto de una vida que encuentra satisfacción en glorificar a Dios sirviendo fielmente a los demás. No esperemos una gran oportunidad para servir sino que comencemos hoy con pequeños actos de amor, recordando que aquello que hacemos para la gloria de Dios nunca es insignificante.

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