El Grito que Dios Sí Escucha


“¿Hasta cuándo, oh Señor? ¿Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí? ¿Hasta cuándo tendré conflicto en mi alma y todo el día angustia en mi corazón? ¿Hasta cuándo será enaltecido mi enemigo sobre mí?” Salmos 13:1-2 RVA2015

El Salmo 13 es uno de los salmos de lamento más profundos de David, escrito en un tiempo de extrema angustia, cuando David se sentía perseguido, estancado y, sobre todo, desamparado y este lamento no es un rechazo a Dios, sino un acto honesto de fe, David se anima a traer su dolor a la presencia de Aquel en quien confía. Su oración desnuda es un testimonio de una relación real y viva con Dios.


Hay preguntas que no decimos en voz alta, pero que pesan en el alma, “¿Hasta cuándo, Señor?” Tal vez lo dijimos alguna noche, o lo pensamos en medio del dolor que se volvió rutina, quizás antes de leer esto, lo dijiste, y sí, a veces duele tanto que uno siente que Dios guardó silencio demasiado tiempo.


Este salmo nos recuerda que incluso un hombre conforme al corazón de Dios vivió esos momentos donde parecía que el cielo no respondía, y qué cercanas se sienten sus palabras cuando también caminamos la vida con cansancio, con diagnósticos que no cambian, con angustias que se repiten, o con batallas espirituales que parecen interminables.


Pero mirá algo hermoso, David no niega su dolor, no lo minimiza, no espiritualiza la angustia, David la presenta, la expone, la transforma en oración y eso nos enseña algo profundamente, que no necesitamos ser héroes de la fe para acercarnos, necesitamos ser honestos, necesitamos permitirnos llorar en la presencia de Dios, sin disfrazar lo que sentimos.


Y, sin embargo, en medio del desahogo, algo pasa, David empieza el salmo diciendo “¿Hasta cuándo?”pero no lo termina así, en el versículo 5 declara: “Pero yo confío en tu misericordia” ¿Qué cambió?, estoy seguro que no fue la situación, cambió su mirada, pasó de enfocarse en el silencio de Dios a descansar en el carácter de Dios.


Cuando estamos atravesando dolor, nuestra fe no se mide por cuán fuertes somos, sino por a quién seguimos acudiendo, y si seguimos volviendo a Dios, aunque sea temblando, eso ya es fe, si seguimos respirando su nombre, aunque no tengamos respuestas, eso ya es adoración y si seguimos diciendo “te necesito”, aunque el dolor persista, eso ya es victoria.


Muchas veces Dios no quita el dolor de inmediato porque quiere revelarse en medio de él, y créeme, amado hermano/a, los momentos donde más sentimos su cercanía suelen ser los que nacen de nuestras lágrimas. 

¿No te pasó que, aun quebrado, sentiste que Él estaba ahí? Ese es el milagro, su amor sosteniéndonos cuando ya no sabemos cómo sostenernos solos. Por eso, como David, podemos decidir: “Voy a confiar en tu amor aunque no entienda, aunque no vea, aunque duela.” Esa decisión no desaparece el dolor, pero lo atraviesa acompañado.


Hoy, antes de dormir, abrí tu corazón delante del Señor como lo hizo David. Decile sinceramente lo que te pesa y después añadí esta frase: “Señor, no entiendo todo, pero confío en tu amor.” Hacelo simple, real, íntimo y veras que esa oración empieza a sanar.


Si estás en un tiempo de lucha, dolor o cansancio profundo, no lo cargues solito. Escribime, quiero orar por vos y caminar a tu lado en este proceso. Podés dejar tu pedido en acepeda@cemuproducciones.com.


Gracia y Paz!


Adrian Cepeda

Director General

acepeda@cemuproducciones.com

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